6 de febrero de 2009

MARCO DENEVI

Cuentista brillante, pensador agudo e irónico.
Buenos Aires (1922-1998)





El emperador de la China

Cuando el emperador Wu Ti murió en su vasto lecho, en lo más profundo del palacio imperial, nadie se dio cuenta. Todos estaban demasiado ocupados en obedecer sus órdenes. El único que lo supo fue Wang Mang, el primer ministro, hombre ambicioso que aspiraba al trono. No dijo nada y ocultó el cadáver. Transcurrió un año de increíble prosperidad para el imperio. Hasta que, por fin, Wang Mang mostró al pueblo el esqueleto pelado, del difunto emperador. ¿Veis? -dijo- Durante un año un muerto se sentó en el trono. Y quien realmente gobernó fui yo. Merezco ser el emperador.

El pueblo, complacido, lo sentó en el trono y luego lo mató, para que fuese tan perfecto como su predecesor y la prosperidad del imperio continuase.


Apocalipsis

La extinción de la raza de los hombres se sitúa aproximadamente a fines del siglo XXXII. La cosa ocurrió así: las máquinas habían alcanzado tal perfección que los hombres ya no necesitaban comer, ni dormir, ni hablar, ni leer, ni pensar, ni hacer nada. Les bastaba apretar un botón y las máquinas lo hacían todo por ellos. Gradualmente fueron desapareciendo las mesas, las sillas, las rosas, los discos con las nueve sinfonías de Beethoven, las tiendas de antigüedades, los vinos de Burdeos, las golondrinas, los tapices flamencos, todo Verdi, el ajedrez, los telescopios, las catedrales góticas, los estadios de fútbol, la Piedad de Miguel Ángel, los mapas de las ruinas del Foro Trajano, los automóviles, el arroz, las sequoias gigantes, el Partenón. Sólo había máquinas. Después, los hombres empezaron a notar que ellos mismos iban desapareciendo paulatinamente y que en cambio las máquinas se multiplicaban. Bastó poco tiempo para que el número de máquinas se duplicase. Las máquinas terminaron por ocupar todos los sitios disponibles. No se podía dar un paso ni hacer un ademán sin tropezarse con una de ellas. Finalmente los hombres fueron eliminados. Como el último se olvidó de desconectar las máquinas, desde entonces seguimos funcionando.

La Bella Durmiente y el Príncipe

La Bella Durmiente cierra los ojos pero no duerme. Está esperando al Príncipe. Y cuando lo oye acercarse simula un sueño todavía más profundo. Nadie se lo ha dicho pero ella lo sabe. Sabe que ningún príncipe pasa junto a una mujer que tenga los ojos bien abiertos.


Cuento de horror

La señora Smithson, de Londres (estas historias siempre ocurren entre ingleses) resolvió matar a su marido, no por nada sino porque estaba harta de él después de cincuenta años de matrimonio. Se lo dijo:

- Thaddeus, voy a matarte.

- Bromeas, Euphemia -se rió el infeliz.

- ¿Cuándo he bromeado yo?

- Nunca, es verdad.

- ¿Por qué habría de bromear ahora y justamente en un asunto tan serio?

- ¿Y cómo me matarás? - siguió riendo Thaddeus Smithson.

-Todavía no lo sé. Quizá poniéndote todos los días una pequeña dosis de arsénico en la comida. Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil. O te haré rodar por la escalera, aprovecharé cuando estés dormido para aplastarte el cráneo con un candelabro de plata, conectaré a la bañera un cable de electricidad. Ya veremos.

El señor Smithson comprendió que su mujer no bromeaba. Perdió el sueño y el apetito. Enfermó del corazón, del sistema nervioso y de la cabeza. Seis meses después falleció. Euphemia Smithson, que era una mujer piadosa, le agradeció a Dios haberla librado de ser una asesina.


Cuento policial

Rumbo a la tienda donde trabajaba como vendedor, un joven pasaba todos los días por delante de una casa en cuyo balcón una mujer bellísima leía un libro. La mujer jamás le dedicó una mirada. Cierta vez el joven oyó en la tienda a dos clientes que hablaban de aquella mujer. Decían que vivía sola, que era muy rica y que guardaba grandes sumas de dinero en su casa, aparte de las joyas y de la platería. Una noche el joven, armado de ganzúa y de una linterna sorda, se introdujo sigilosamente en la casa de la mujer. La mujer despertó, empezó a gritar y el joven se vio en la penosa necesidad de matarla. Huyó si haber podido robar ni un alfiler, pero con el consuelo de que la policía no descubriría al autor del crimen. A la mañana siguiente, al entrar en la tienda, la policía lo detuvo. Azorado por la increíble sagacidad policial, confesó todo. Después se enteraría de que la mujer llevaba un diario íntimo en el que había escrito que el joven vendedor de la tienda de la esquina, buen mozo y de ojos verdes, era su amante y que esa noche la visitaría.

Miseria de la burocracia

Durante muchos años un hombre a quien después de Kafka se lo suele llamar el señor K. Solicita ser recibido por el rey (si un rey resulta anacrónico, por el primer ministro, por el banquero Morgan, en fin, por Alguien). Desea pedirle un favor. Se trata de un asunto personal y, para él, de vida o muerte.

Pero los trámites son tan engorrosos; las dificultades para conseguir una audiencia, tan insalvables; Alguien está siempre tan atareado o tan lejos, viajando por otros países, que transcurre un largo tiempo sin que el señor K logre su propósito.


Esa espera y los infinitos, los arduos trámites le oscurecen el juicio, lo convierten en un hombre (pronto en un anciano) un poco maniático y, por qué no decirlo, un poco estúpido que sólo se preocupa por redactar las solicitudes de audiencia en un estilo cada vez más complicados, por sobornar a los porteros, empleados y secretario de Alguien y por seguir a éste en sus viajes, todo lo cual lo obliga a incurrir en gastos que, con el tiempo, le comen toda su fortuna.

Hasta que al fin es recibido por Alguien.

- Señor K. -oye que le pregunta- ¿Qué quiere de mí?

Entonces el señor K. se da cuenta, espantado, de que olvidó cuál era el favor que pensaba pedirle. Alguien lo mira impaciente. Para salir del paso el señor K. balbucea:

- Nada. Sólo el honor de estrechar su mano.

Complacido por la lisonja, Alguien le concede espontáneamente una gracia que es aquella misma que el señor K., años atrás, pretendía arrancarle a fuerza de súplicas. Pero el señor K. lo olvidó y la gracia de Alguien no le proporciona ninguna satisfacción. Por el contrario, sale de la audiencia convencido de que Alguien le impuso una carga.






Nació en Sáenz Peña, provincia de Buenos Aires, el 12 de mayo de 1922, y falleció en la Ciudad de Buenos Aires el 12 de diciembre de 1998.

Cuentista brillante, pensador agudo e irónico, hombre retraído de las fiestas literarias, Marco Denevi, se abrió paso en las letras argentinas hasta ocupar un lugar relevante por la originalidad y la madurez de sus obras, y no por la publicidad personal, a la que era particularmente reacio.

Desde muy niño sintió una fuerte atracción por la música -tocaba muy bien el piano- y la lectura. Cuando llegó a ser miembro de la Academia Argentina de Letras, en 1987, agradeció a sus padres que en sus manos de chico "depositaron un billete de un viaje que desde entonces no ha dejado de emprender: el de la lectura, con un atracón, a los 12 años, de Stevenson, Dumas, Pérez Galdós..."



Su primera y siempre recordada novela, escrita a los 33 años "Rosaura a las diez", (una novela policial en la que introduce el perspectivismo, por el cual cada protagonista narra la misma historia desde su propio enfoque, su particular punto de vista) obtuvo el Premio Kraft en 1955, iniciándolo en el camino de la literatura. (En esa ocasión un jurado de muy alto nivel observó la calidad de la narración de un escritor novel, un abogado que se desempeñaba en el área legal de la Caja Nacional de Ahorro Postal). "Rosaura a las diez" también fue llevada al cine por Mario Soffici en una versión en la que se destacaron Susana Campos y Juan Verdaguer.

Posteriormente (1960) recibió el Primer Premio de la revista Life en español para escritores Latino americanos, por el cuento "Ceremonia secreta" (entre 3000 concursantes). Ese relato fue traducido al inglés, al francés, al italiano, al japonés y a otros idiomas, y en 1968 fue llevado al cine por Joseph Losey, en Hollywood. La versión cinematográfica fue protagonizada por Elizabeth Taylor, Robert Mitchum y Mia Farrow.



También recibió el Premio Argentores en 1962 por "El cuarto de la noche". A partir de allí, conquistó un justo prestigio internacional basado en una obra profunda y deslumbrante. (El Kraft y el Life, que lo hicieron conocido en el país y en el mundo, fueron los únicos premios a los que se presentó Denevi. Recibiría muchos otros, como el de la Comisión de la Manzana de las Luces, que le llegaron sin buscarlos).

Aunque no se sabe si quiso ser dramaturgo, una obra suya, "Los expedientes" (1957), ganó el premio Nacional de Teatro, también escribió luz "El emperador de la China" (1959) y "El cuarto de la noche" (1962). Otras obras suyas son las novelas y cuentos "Un pequeño café" (1967), "Manuel de historia" (1985), "Enciclopedia secreta de una familia argentina" (1986), "Hierba del cielo" (1991), "El jardín de las delicias" (1992) y "El amor es un pájaro rebelde" (1993).

Con María Angélica Bosco escribió el guión de un programa de televisión: "División homicidios".

Desde 1980 practicó el periodismo político, actividad que, según él, le ha proporcionado las mayores felicidades en su oficio de escritor. Enfocaba sus artículos, con coraje y fervor ciudadano los problemas de la sociedad, las fallas en la representación política, la corrupción, la burocracia o los excesos de "viveza criolla", siempre mostró su respeto por valores que vio vivir en su casa y en el medio circundante y cuya erosión y decadencia en la vida argentina no dejó de lamentar. Contaba sobre su padre: "A fines del siglo pasado vino jovencito a la República Argentina. Aquí no contaba ni con parientes ni con amigos, pero disponía de un carácter decidido, de una voluntad de hierro y de una honradez insobornable. Trabajó, fue todo lo que hizo. A los cincuenta años, ya casado con una argentina, ya padre de siete hijos, se retiró de los negocios y vivió de rentas. Contribuyó al progreso de un pueblecito en los alrededores de Buenos Aires y en 1949 murió ignorando qué eran la viveza, la especulación, el engaño, la usura."

Los títulos de algunos de sus artículos muestran claramente el motivo de sus diarias preocupaciones: "Los monarcas de la República", "¿Gobernantes cuerdos o gobernantes locos?", "Me gusta ser argentino", "El argentinglés y otras amenidades" (sobre la creciente influencia inglesa en el idioma) o "Perplejidades de un argentino apolítico", en el cual decía que no era hombre de partido, y afirmaba: "Mi único proselitismo es en favor de la democracia". En 1990 fue presidente honorario del Consejo de Ciudadanos, entidad que promovió para incentivar la inquietud cívica.

En 1986 dijo que hacía 18 años que vivía de lo que escribía, "lo que en estos tiempos ya es bastante".

"Me valgo de la ironía en la novela como la uso en la vida -admitió alguna vez-: para disimular que soy un sentimental, un blando de corazón, alguien a quien resulta fácil conmover."

"¿Qué condiciones debe reunir una novela para atraer al lector?", le preguntó a Denevi una vez María Esther Vázquez. "Que la lectura sea una felicidad", le contestó.

"Mi mayor ambición es que el acto de la lectura sea de disfrute, de goce para quienes me leen -dijo en una entrevista-. En estos tiempos en que tanto dolor y humillaciones nos inferimos unos a otros, hacer feliz a alguien es tan hermoso... A mí no me importa más que eso."

Y señalaba que no pasaba de cinco mil lectores fieles, "que no me harán rico, pero me hacen feliz".

"Vivo de lo que escribo, pero no todo lo que escribo es literatura. Incluyo periodismo, guiones de televisión y de cine, y no incluyo cartas pidiendo dinero porque no las escribo", dijo en 1986.

Encontrado en:

http://members.fortunecity.com/detalles2002/prosa/denevi/denevi.html


La viveza, entre la inteligencia y la estupidez

Por Marco Denevi, para La Nación.


Frente a un problema concreto, la reacción mental del hombre inteligente es dinámica: buscará el camino de la solución, a menudo a través de exploraciones, de asedios desde distintos flancos, de razonamientos abandonados en un punto y recomenzados en otro, hasta encontrar la salida. En latín, salida se dice exitus, que los ingleses tradujeron por exit. La inteligencia conduce al éxito.

Ese mismo idioma, madre del nuestro, cuyo estudio hoy les parece superfluo a algunas autoridades universitarias, tiene un verbo, stupere, que significa quedarse quieto, inmóvil, paralizado y, en sentido traslaticio, mentalmente detenido como delante de un cartel que dijera stop.

De ahí deriva la palabra estúpido: hombre que permanece entrampado por un problema sin atinar con la salida, aunque a veces adopte la agitación convulsa de una mariposa encandilada por una luz muy fuerte o los movimientos desesperados de un animal dentro de una jaula. Hablo siempre de lo que ocurre en la mente. Las dos únicas reacciones del estúpido serán la resignación o la violencia, dos falsas salidas, dos fracasos.

Salvo casos patológicos, todos somos inteligentes respecto a un tipo de problemas y estúpidos respecto a otro tipo de problemas. Pero nuestra inteligencia y nuestra estupidez no dependen de nuestra moral. Hay inteligentes moralmente canallas y hay estúpidos moralmente intachables. Cuánto la inteligencia y la estupidez le deben a los genes y cuánto a la educación (digamos, a la gimnasia) es un asunto que dejaré de lado para que no me usurpe todo el espacio del que dispongo.

Pero no querría pasar por alto un dato: sin el auxilio del intelecto, esto es de la capacidad del análisis critico del problema, y sin la posesión de conocimientos relacionados con ese problema y adquiridos por experiencia propia, o por revelación ajena, la pura inteligencia no llegaría muy lejos en el camino del éxito. La estupidez, por mas que acumule conocimientos, no sabe que hacer con ellos. Y no es raro que un intelectual, ducho de análisis critico, sea incapaz de hallar soluciones.

Sabiduría

El desarrollo, en un mismo individuo, de la inteligencia, del intelecto y de los conocimientos bien puede llamarse sabiduría, si no en la aceptación teísta que le dan las Escrituras, por lo menos como tributo humano susceptible de adquisición y de pérdida. Pero aunque no haya sabios in omni re scibile, y hasta Leonardo Da Vinci falle en sus experimentaciones con los óleos y pigmentos de sus cuadros y Albert Einstein no acierte en ubicar el hotel donde se aloja, ambos merecen el título de sabios no menos que Plinio el Viejo, muerto sin embargo, según Suetonio, a causa de una estúpida temeridad.

Con alguna frecuencia la realidad nos pone, de momento, mentalmente paralíticos. Es cuando decimos que estamos estupefactos, lo cual significa "estar hechos unos estúpidos". La inteligencia, si la tenemos, vendrá a rescatarnos de esa pasajera estupidez que, por no ser insalvable, se llama estupefacción. A propósito: alguna vez Solyenitzin escribió que la televisión nos sume en largos intervalos mentales de inmóvil estupor. ¿Dispondremos de la suficiente inteligencia como para no ser dañados por los poderes estupefacientes de la hogareña y diaria televisión?.

Situada a mitad de camino entre la inteligencia y la estupidez, la viveza comparte con la inteligencia, el dinamismo mental y, con la estupidez, la incapacidad de encontrar la solución a un problema. Se mueve, pero no en dirección de la salida ¿ hacia donde se dirige? Ese es su secreto, la formula que le permite ponerse a resguardo de la humillación y del desprestigio que sufre la estupidez.

La viveza, creo yo, es la habilidad mental para manejar los efectos de un problema sin resolver el problema. El hombre dotado de viveza, el vivo, no ejercita la inteligencia, sino un sucedáneo de la inteligencia, apto para entenderse con las consecuencia prácticas del problema, pero no con el problema mismo.

Dicho de otro modo, el vivo se mueve mentalmente en procura de cómo eludir los efectos de problema, de cómo (en la mejor de las hipótesis) volverlos beneficiosos para él ó (en la peor) de cómo desviarlos en perjuicio de un tercero. La viveza, pues, necesariamente se conecta con la moral. Sin el concurso del egoísmo no se puede ser vivo. Y para echarle el fardo al prójimo sin que este se resista, es imprescindible cierto grado de inescrupulosidad y hace falta practicar algún genero de fraude siquiera verbal.

Observado durante un corto plazo, el vivo da la impresión de haber obtenido éxito, de ser inteligente: se desplaza entre los problemas sin padecer las consecuencias o, mejor aún sacándoles provecho. Como el flujo de los efectos no se interrumpe, el vivo no puede entregarse a los ocios y recesos de la viveza.

De ahí que se los suele calificar de "despiertos". Aparenta una brillantez mental que engaña a las miradas superficiales. El inteligente, cuando está armando sus estrategias para atacar un problema, parece amodorrado y, en comparación con el vivo, un poco estúpido.

Cuanto más complejo sea el problema, mas exigirá del inteligente paciencia y esfuerzo, mas lo someterá al silencioso y tedioso análisis crítico y al constante repaso de los conocimientos. La viveza no puede permitirse esas demoras. Los efectos prácticos del problema no esperan mucho tiempo para hacerse sentir. De modo que el vivo está obligado a la rapidez y, consecuentemente, a la improvisación de sus métodos por lo general empíricos. Otra vez el inteligente comparado con el vivo, parecerá lento y hasta torpe. Si los efectos del problema, por su magnitud o por su complejidad, sobrepasan las posibilidades de la viveza para eludirlos, para aprovecharlos o para torcerlos hacia un costado, el vivo, por fin acorralado como un estúpido, no sucumbe ni a la resignación ni a la violencia, no confesará jamás su fracaso, no devolverá las armas que esconde en su mente: buscará algún chivo emisario a quien cargarle la culpa.

En todas las sociedades conviven los inteligentes, los estúpidos y los vivos según proporciones distintas para cada una de ellas. Para Borges no había ningún italiano ni ningún judío estúpidos. Exageraba, sin duda. Pero ahora imaginemos un país ficticio donde, por razones genéticas o por razones históricas, los vivos estén en mayoría. Esbozaré la novela de lo que podría ocurrir en ese país imaginario.

Puesto que son mayoría unos vivos ocupan el gobierno. Y otros vivos los eligen.
Los vivos que los eligen, y por supuesto los estúpidos, incapaces de solucionar los problemas del país, los transferiría a los elegidos. Y los elegidos, como vivos que son, se dedicarán a lo suyo: ponerse a salvo de los efectos de los problemas, sacarles provecho o desviarlos hacia los demás, así sean vivos, estúpidos o inteligentes.

Durante un tiempo los estúpidos parpadearán de catatonia mental, los inteligentes se sentirán marginados y los vivos tratarán de imitar la viveza de los gobernantes. Mientras tanto los problemas, sin resolver, se acumulan, se multiplican, se superponen.

Stop

Hasta que, fatal, llega el día en que los problemas forman una pared compacta con un cartel que dice stop. Y ahí la sociedad se detiene. Entonces los estúpidos, si no se resignan, se vuelven violentos. Los inteligentes toman su valija y huyen. Y los vivos corren de un efecto a otro efecto vendando aquí, remendando allá, emparchando mas allá. Dejan los bofes en ese desesperado ir y venir por entre el caos de los efectos sin control. Y para disimular su impotencia recurren a los fantasmas de los chivos expiatorios y a un lenguaje esquizofrénico que, disociado de la realidad, seguirá pronunciando el discurso con que alguna vez embaucaron a la estupidez.

Estúpidos de brazos cruzados o de brazos armados, inteligentes en fuga, los vivos parlanchines y desesperados: tal sería la imagen de ese país ficticio caído al pie del ominoso stop. Para él no habrá sido una salvación, un grito de guerra: ¡La inteligencia al poder!! Salvo que todos los inteligentes hayan huido, hipótesis que no parece verosímil, la novela podría tener un final feliz.

Encontrado en: http://www.socavon.net/mdenevi.htm


Datos tomados de

http://www.sololiteratura.com/den/densemblanza.htm





Imágenes y datos tomados de Internet

http://www.sololiteratura.com/den/densemblanza.htm


7 comentarios:

Ana di Cesare dijo...

Daba felicidad leerlo.

Me trajiste un recuerdo...
Tendría 16 años, caminaba con una amiga por el lateral de la iglesia de San Miguel. Le dije que esa era una iglesia misteriosa. Ella se detuvo y me preguntó:

"No leiste Rosaura a las diez?"

Así fue que lo descubrí.
Me dieron ganas, estos comentarios tuyos, de volver a leerlo.

Oso conocido dijo...

Había leído algo y
algo de Rosaura a las diez
(usted sabe que no soy un buen lector)
y vi la película
con Juan Verdaguer y Susana Campos.

Aquí me gustó
la esposa "asesina" y
la Bella durmiente,
geniales los dos!
(las chicas son terribles)

Con el deseo de un hermoso fin de semana
le dejo un abrazo...de Oso!

Abril Lech dijo...

Justo homenaje. Y ahora que te leo pienso que se lo tiene bastante olvidado. ¿No te parece?

Aprovecho para decirte que tus comentarios en mi Blog me encantan como si fueran post en si mismos, un deleite total.

Asi que hoy que terminé un post donde sutil pero certeramente mandé al tipico tano mujeriego al frente lo espero con mas ganas que nunca.

Total... que de algunas cosas que nos pasan a esta altura nos queda reirnos para que siempre sean positivas de una forma u otra.

Besos!!!!!

Con piedras en mi zapato, uffff

Abril Lech dijo...

Y lo leo al Oso y me enternezco! ¿Cómo me gustan ustedes dos comentando, caray!!!! Esa película que comenta el Oso no la tengo presente, pero a mi Susana Campos me gustaba por aquello de "Lo mejor de nuestra vida: nuestros Hijos".

A mi no me dejaban ver ni novelas ni esas cosas, pero me escondía y lograba ver pedacitos, me encantaban. Me acuerdo un capítulo en que Susana Campos se quedaba dormida con un pucho en la boca y se le incendiaba toda la casa, ¡con el bebé adentro! Es de las pocas escenas que me acuerdo, jejeje. ¡Qué selectiva es la memoria!

Bueno y el comentario ni hablar. Nada que ver con el pobre Denevi, jajajaja

Te dejo un abrazo... de Abril!

Celia Rivera Gutierrez dijo...

Safiro me has traido un regalo con el conocimiento de la existencia de este cuentista y sus cuentos. Me encantarón.

Un abrazo muy grande para esa amiga que sabe de todo y lo comparte
Besos

Celia

.:*:. Ferípula .:*:. dijo...

Safi... querés agregar píos a tu colección de hijitos?
:) Yo entendía el inglés cuando daba los exámenes en diciembre...jaja!

ai can liiiiiiiiiiveeeeeeeeee...

Me voy a comprar ravioles.
Chau!!!


Se me pararon los pelos con eso de que hay que cerrar los ojos porque si no el pr´ncipe no te besa... Después vuelvo a seguir leyendo.
Qué grandiosos son tus post, Irma.
Tu blog es la Safiwikipedia.

Eu voltare! Nice day !!!

TINTA DEL CORAZON dijo...

EL MASTER MARCOS DENEVI
Este cuento me encanta, lo debo haber rcipilado o lo haré

La Bella Durmiente cierra los ojos pero no duerme. Está esperando al Príncipe. Y cuando lo oye acercarse simula un sueño todavía más profundo. Nadie se lo ha dicho pero ella lo sabe. Sabe que ningún príncipe pasa junto a una mujer que tenga los ojos bien abiertos.
cariños