22 de agosto de 2009

ANTÓN CHÉJOV

HISTORIA DE UN CONTRABAJO


Procedente de la ciudad, el músico Smichkov se dirigía a la casa de campo del príncipe Bibulov, en la que, con motivo de una petición de mano, había de tener lugar una fiesta con música y baile. Sobre su espalda descansaba un enorme contrabajo metido en una funda de cuero. Smichkov caminaba por la orilla del río, que dejaba fluir sus frescas aguas, si no majestuosamente, al menos de un modo suficientemente poético.

"¿Y si me bañara?", pensó.

Sin detenerse a considerarlo mucho, se desnudó y sumergió su cuerpo en la fresca corriente. La tarde era espléndida, y el alma poética de Smichkov comenzó a sentirse en consonancia con la armonía que lo rodeaba. ¡Qué dulce sentimiento no invadiría, por tanto, su alma al descubrir (después de dar unas cuantas brazadas hacia un lado) a una linda muchacha que pescaba sentada en la orilla cortada a pico! El músico se sintió de pronto asaltado por un cúmulo de sentimientos diversos... Recuerdos de la niñez... tristezas del pasado... y amor naciente... ¡Dios mío!... ¡Y pensar que ya no se creía capaz de amar!...

Habiendo perdido la fe en la humanidad (su amada mujer se había fugado con su amigo el fagot Sobakin), en su pecho había quedado un vacío que lo había convertido en un misántropo.

"¿Qué es la vida? —se preguntaba con frecuencia—. ¿Para qué vivimos?... ¡La vida es un mito, un sueño, una prestidigitación...!" Detenido ante la dormida beldad (no era difícil ver que estaba dormida), de pronto e involuntariamente sintió en su pecho algo semejante al amor. Largo rato permaneció ante ella devorándola con los ojos.

"¡Basta! —pensó exhalando un profundo suspiro—. ¡Adiós, maravillosa aparición! ¡Llegó la hora de partir para el baile de su excelencia!" Después de contemplarla una vez más, y cuando se disponía a volver nadando, por su cabeza pasó rauda una idea: "He de dejarle algo en recuerdo mío —pensó—. Dejaré algo prendido en su caña de pescar. ¡Será una sorpresa que le envía un desconocido!" Smichkov nadó suavemente hacia la orilla, cortó un gran ramo de flores silvestres y acuáticas y, después de atarlo con un junco, lo enganchó a la caña. El ramo se hundió hasta el fondo, pero arrastró consigo el lindo flotador.

El buen sentido, las leyes de la naturaleza y la posición social de mi héroe exigirían que este cuento acabara en este preciso punto; pero, ¡ay...! El designio del autor es irreductible... Por causas que no dependen de él, el cuento no terminó con la ofrenda del ramo de flores. Pese a la sensatez de su juicio y a la naturaleza de las cosas, el humilde contrabajo estaba llamado a representar un papel importante en la vida de la noble y rica beldad.

Al acercarse nadando a la orilla, Smichkov quedó asombrado de no ver sus prendas de vestir. Se las habían robado. Unos malhechores desconocidos lo habían despojado de todo mientras él contemplaba a la beldad, dejándole sólo el contrabajo y la chistera.

—¡Maldición! —exclamó Smichkov—. ¡Oh, gentes engendradas por la malicia! ¡No me indigna tanto la pérdida de mi vestimenta, ya que la vestimenta es vanidad, como el verme obligado a ir desnudo, atacando con ello la decencia pública!

Y sentándose sobre el estuche del contrabajo se puso a buscar una solución a su terrible situación.

"No puedo presentarme desnudo en casa del príncipe Bibulov —pensaba—. ¡Habrá damas! ¡Y, además, los ladrones, al robarme los pantalones, se llevaron al mismo tiempo las partituras que tenía en el bolsillo!" Meditó tan largo rato que llegó a sentir dolor en las sienes.

"¡Ah...! —se acordó de pronto—. No lejos de la orilla, entre los arbustos, hay un puentecillo... Puedo meterme debajo de él hasta que anochezca, y cuando sea de noche, en la oscuridad, me deslizaré hasta la primera casa."

Con este pensamiento, Smichkov se caló la chistera, cargó el contrabajo sobre su espalda y se dirigió con paso vacilante hacia los arbustos. Desnudo y con aquel instrumento musical sobre la espalda, recordaba a cierto antiguo y mitológico semidiós.

Y ahora, lector mío, mientras mi héroe está sentado bajo el puente lleno de tristeza, volvamos a la joven pescadora. ¿Qué había sido de ésta?

Al despertarse la beldad y no ver en el agua su flotador, se apresuró a tirar del sedal. Este se hizo tirante, pero ni el anzuelo ni el flotador salieron a la superficie. Sin duda, el ramo de Smichkov, al llenarse de agua, se había hecho pesado.

"O bien he pescado un pez muy grande o el anzuelo se me ha enganchado en algo", pensó la joven.

Tiró unas cuantas veces más de la cuerda y al fin decidió que el anzuelo se había, efectivamente, enganchado en algo.

"¡Qué lástima! —pensó—. ¡Se pesca tan bien al anochecer...! ¿Qué haré?" La extravagante joven, sin pensarlo mucho, se quitó la ligera ropa y sumergió su maravilloso cuerpo en el agua hasta la altura de los marmóreos hombros. No era tarea fácil desprender el anzuelo del ramo enredado en el sedal; pero la paciencia y el trabajo dieron su fruto. Poco más o menos de un cuarto de hora después, la beldad salía resplandeciente del agua, con el anzuelo en la mano.

Un destino funesto la acechaba, sin embargo. Los mismos granujas que robaron la ropa de Smichkov se habían llevado también la suya, dejándole sólo el frasco de los gusanos.

"¿Qué hacer? —lloró la joven—. ¿Será posible que tenga que marchar de este modo?... ¡No! ¡Nunca! ¡Antes la muerte! Esperaré a que oscurezca, y en la sombra me iré a la casa de la tía Agafia, desde donde mandaré a la mía por un vestido... Mientras tanto, me esconderé debajo del puentecillo..."

Y mi heroína, escogiendo aquellos sitios por donde la hierba era más alta y agachándose, se dirigió corriendo al puentecillo. Al deslizarse bajo éste y ver allí a un hombre desnudo, con artística melena y velludo pecho, la joven lanzó un grito y perdió el sentido.

Smichkov también se asustó. Primeramente tomó a la joven por una ondina.



"¿Es tal vez una sirena venida para seducirme? —pensó, suposición que lo halagó, pues siempre había tenido una alta opinión de su cuerpo—. Mas si no es una sirena, sino un ser humano, ¿cómo explicarse esta extraña metamorfosis?" —¿Por qué está aquí, debajo de este puente? ¿Qué le sucede? —preguntó a la joven.

Mientras buscaba una respuesta a estas preguntas, la beldad recobró el sentido.

—¡No me mate! —dijo en voz baja—. Soy la princesa Bibulov. ¡Se lo ruego! Lo recompensarán con largueza. Estuve dentro del agua desenganchando mi anzuelo y unos ladrones me robaron el vestido nuevo, los zapatos y las demás ropas.

—Señorita... —dijo Smichkov, con voz suplicante—. A mí también me han robado la ropa, y no sólo eso, sino que, además, al robarme los pantalones se llevaron las partituras que estaban en el bolsillo.

Los contrabajos y los trombones son, por lo general, gente apocada; pero Smichkov constituía una agradable excepción.

—Señorita —dijo, pasados unos instantes—. Veo que la turba mi aspecto; pero estará usted de acuerdo conmigo en que, por las mismas razones suyas, me es imposible salir de aquí. Escuche, pues, lo que he pensado: ¿aceptará usted meterse en la caja de mi contrabajo y cubrirse con la tapa? Esto la escondería a mi vista...

Diciendo esto, Smichkov sacó el contrabajo del estuche. Por un momento le pareció que al cederlo profanaba el sagrado arte; pero su vacilación no duró largo tiempo. La beldad se metió, encogiéndose, en el estuche y el músico anudó las correas, celebrando mucho que la naturaleza lo hubiera obsequiado con tanta inteligencia.



—Ahora, señorita, no me ve usted. Siga ahí echada y quédese tranquila. Cuando oscurezca la llevaré a casa de sus padres. El contrabajo volveré a buscarlo más tarde.

Una vez anochecido, Smichkov se echó al hombro el estuche que contenía a la beldad, y cargado con él se dirigió a la casa de campo de Bibulov. Su plan era el siguiente: pasaría primero por la casa más próxima para procurarse ropa y proseguiría después su camino...

"No hay mal que por bien no venga —pensaba mientras levantaba el polvo con sus pies desnudos y se doblaba bajo su carga—. Seguramente, por haber intervenido con tanta eficacia en el destino de la princesa Bibulov, seré generosamente recompensado."

—¿Está usted cómoda, señorita? —preguntaba con el tono de un galante caballero que invita a bailar un quadrillé—. No se preocupe, tenga la bondad, acomódese en mi estuche como si estuviera en su casa.

De repente, se le antojó al galante Smichkov que delante de él y ocultas en la sombra iban dos figuras humanas. Mirando con más detenimiento, se convenció de que no se trataba de una ilusión óptica. Dos figuras caminaban, en efecto, delante de él, llevando unos bultos en la mano.

"¿Serán éstos los ladrones? —pasó por su cabeza—. Parecen llevar algo... Con seguridad, nuestras ropas...

Y Smichkov, depositando el estuche al borde del camino, salió corriendo en persecución de las figuras.

—¡Alto! —gritaba—. ¡Alto!... ¡Atrápenlos!

Las figuras volvieron la cabeza, y al notar que los iban persiguiendo, echaron a correr... Aun durante largo rato escuchó la princesa pasos veloces y el grito de: "¡Alto!, ¡alto!" Por último, todo quedó en silencio.

Smichkov estaba entregado a la persecución, y seguramente la beldad hubiera permanecido largo tiempo en el campo, al borde del camino, si no hubiera sido por un feliz juego de azar. Ocurrió, en efecto, que al mismo tiempo y por el mismo camino, se dirigían a la casa de campo de Bibulov los compañeros de Smichkov, el flauta Juchkov y el clarinete Rasmajaikin. Al tropezar con el estuche, ambos se miraron asombrados.

—¡El contrabajo! —dijo Juchkov—. ¡Vaya, vaya! ¡Pero si es el contrabajo de nuestro Smichkov! ¿Cómo ha venido a parar aquí?

—Esto es que a Smichkov le ha ocurrido algo —decidió Rasmajaikin.

—O que se ha emborrachado y lo han robado... Sea como sea, no debemos dejar aquí el contrabajo. Nos lo llevaremos.

Juchkov cargó el estuche sobre sus espaldas, y los músicos prosiguieron su camino.

—¡Diablos ! ¡Lo que pesa! —gruñía el flauta durante el camino—. ¡Por nada del mundo hubiera consentido yo en tocar con este monstruo! ¡Uf!

Al llegar a la casa de campo del príncipe Bibulov, los músicos dejaron el estuche en el sitio reservado a la orquesta y se fueron al buffet.

En aquella hora ya se habían empezado a encender arañas y brazos de luz.

El novio (el consejero de corte Lakeich), guapo y simpático funcionario del Servicio de Comunicaciones, con las manos metidas en los bolsillos, conversaba en el centro de la habitación con el conde Schkalikov. Hablaban de música.

—En Nápoles, conde —decía Lakeich—, conocí a un violinista que hacía verdaderos milagros. No lo creerá usted, pero con un contrabajo de lo más corriente lograba unos trinos... ¡Algo fantástico! Tocaba con él los valses de Strauss.

—¡Por Dios! —dudó, el conde—. ¡Eso es imposible!

—¡Se lo aseguro! ¡Y hasta las rapsodias de Listz! Yo vivía en la misma fonda que él y, como no tenía nada que hacer, llegué a aprender en el contrabajo la rapsodia de Liszt.

—¿La rapsodia de Liszt? ¡Hum!... ¿Está usted bromeando?

—¿No lo cree usted? —rió Lakeich—. Pues se lo voy a demostrar ahora mismo. Vamos a la orquesta.

Y el novio y el conde se dirigieron a la orquesta. Se acercaron al contrabajo, desataron rápidamente las correas y... ¡oh espanto!


Pero ahora, mientras el lector da libertad a la imaginación y se dibuja el final de aquella discusión musical, volvamos a Smichkov... El pobre músico, no habiendo podido alcanzar a los ladrones, volvió al lugar en que había dejado el estuche: pero ya no estaba allí la preciosa carga. Perdido en suposiciones, pasó y repasó varias veces por aquel paraje y, no encontrando el estuche, decidió que había ido a parar a otro camino.

"¡Esto es terrible! —pensaba mesándose los cabellos y presa de un frío interior—. ¡Se asfixiará dentro del estuche! ¡Soy un asesino!" Ya había entrado la medianoche y Smichkov continuaba dando vueltas por el camino, buscando el estuche. Por fin volvió a meterse bajo el puentecillo.

"Seguiré buscando cuando amanezca", decidió.

Al amanecer, la búsqueda dio el mismo resultado y Smichkov decidió esperar debajo del puente a que llegara la noche...

"La encontraré —mascullaba, quitándose la chistera y tirándose del pelo—. ¡Aunque tarde un año, la encontraré!"

Todavía hoy, los campesinos que habitan los lugares descritos cuentan cómo por las noches, junto al puentecillo, puede verse a un hombre desnudo, todo cubierto de pelo y tocado con una chistera. Cuentan también que, a veces, debajo del puente, se oyen roncos sonidos de contrabajo.











Antón Pávlovich Chéjov

(1860/1904), escritor y dramaturgo,
nació en Taganrog, Rusia


Antón Pávlovich Chéjov (en ruso Антон Павлович Чехов), (Taganrog, 17 de enerojul./ 29 de enero de 1860 greg. - Badenweiler (Alemania), 2 de juliojul./ 15 de julio de 1904greg.) fue un escritor y dramaturgo ruso. Encuadrable en la corriente naturalista, fue maestro del relato corto.

Chéjov nació en Taganrog, el puerto principal del Mar de Azov. Era hijo de un tendero y nieto de un siervo que compró su libertad. Chéjov era el tercero de seis hermanos. Su padre les impartió una disciplina estricta y muy religiosa.

El padre de Chéjov empezó a tener serias dificultades económicas en 1875; su negocio quebró y se vio forzado a escapar a Moscú para evitar que lo encarcelaran. Hasta que no finalizó sus estudios de bachillerato en 1879, Antón no se reunió con su familia. Comenzó a estudiar Medicina en la Universidad de Moscú.

En un intento de ayudar a su familia, Chéjov empezó a escribir relatos humorísticos cortos y caricaturas de la vida en Rusia bajo el pseudónimo de “Antosha Chejonté”. Se desconoce cuántas historias escribió Chéjov durante este periodo, pero se sabe que se ganó con rapidez fama de buen cronista de la vida rusa.

Chéjov se hizo médico en 1884 pero siguió escribiendo para diferentes semanarios. En 1885 comenzó a colaborar con la Peterbúrgskaya gazeta con artículos más elaborados que los que había redactado hasta entonces. En diciembre de ese mismo año, fue invitado a colaborar en uno de los periódicos más respetados de San Petersburgo, el Nóvoye vremia. En 1886 Chéjov se había convertido ya en un escritor de renombre. Ese mismo año publicó su primer libro de relatos, Cuentos de Melpómene; al año siguiente ganó el Premio Pushkin gracias a la colección de relatos cortos Al Anochecer.


En 1887 a causa de una debilitación de su salud (primeros síntomas de la tuberculosis que acabaría con su vida) Chéjov viajó hasta Ucrania. A su regreso se estrenó su obra La Gaviota, un éxito que interpretó la compañía del Teatro de Arte de Moscú, tras una primera interpretación absolutamente desastrosa en el teatro Alexandrinski de San Petersburgo un año antes. El éxito que cosechó fue debido en gran medida a la compañía del Teatro del Arte de Moscú, anteriormente citada, que dirigida por Konstantín Stanislavski había visto la necesidad de crear un nuevo medio artístico basado en la naturalidad del actor para expresar de manera adecuada las tribulaciones y los sentimientos de los personajes de Chéjov.

Antón escribió tres obras más para esta compañía: Tío Vania (1897), Las Tres Hermanas (1901) y El Jardín de los Cerezos (1904), todas ellas de gran éxito. En 1901 contrajo matrimonio con Olga Leonárdovna Knípper, una actriz que había actuado en sus obras.

Antón Pávlovich Chéjov en Mélijovo


Aparte de su faceta como autor teatral, Chéjov destacó como autor de relatos, creando unos personajes atribulados por sus propios sentimientos que constituyen una de las más acertadas descripciones del abanico de variopintas personas de la Rusia zarista de finales del siglo XIX y principios del XX. Destacar el relato Campesinos de 1897, el inquietante El pabellón nº 6 de 1892 y el apasionado La dama del perrito publicado en 1899, que surgió como contraposición a Anna Karénina de Tolstói, ya que el propio autor afirmó que "no deseo mostrar una convención social, sino mostrar a unos seres humanos que aman, lloran, piensan y ríen. No podía censurarlos por un acto de amor."

Chéjov pasó gran parte de sus 44 años gravemente enfermo a causa de la tuberculosis que contrajo de sus pacientes a finales de 1880. La enfermedad lo obligó a pasar largas temporadas en Niza (Francia) y posteriormente en Yalta (Crimea), ya que el clima templado de estas zonas era preferible a los crueles inviernos rusos.

Antón Chéjov murió a causa de las complicaciones provocadas por la tuberculosis en Badenweiler (Alemania), lugar en el que se encontraba para recibir tratamiento en una clínica especializada. Está enterrado en el cementerio Novodévichi en Moscú.


Aunque ya era conocido en Rusia antes de su muerte, Chéjov no se hizo internacionalmente famoso hasta los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, cuando las traducciones de Constance Garnett al inglés ayudaron a popularizar su obra.

Las obras de Chéjov se hicieron tremendamente famosas en Inglaterra en la década de los 20 y se han convertido en todo un clásico de la escena británica. En Estados Unidos, autores como Tennessee Williams, Raymond Carver o Arthur Miller utilizaron técnicas de Chéjov para escribir algunas de sus obras.

Obras


Platónov (1881) - cuatro actos
Sobre el daño que hace el tabaco (1886-1902)
Ivánov («Иванов» - 1887) - cuatro actos, gran éxito de escena
El oso (1888) - comedia de un acto
Una propuesta de matrimonio (1888-1889) - un acto
El demonio de madera (1889) - un acto
La gaviota («Чайка» - 1896)
Tío Vania («Дядя Ваня» - 1899-1900)
Las tres hermanas («Три сестры» - 1901)
El jardín de los cerezos («Вишнёвый сад» - 1904)
Obras de no-ficción

Un viaje a Sajalín («Остров Сахалин» - 1895)
Cuaderno de notas
Algunos títulos de sus relatos cortos y cuentos:

La estepa
Intrigas
Luces
Ostras
El Doctor
Felicidad
En el exilio
Mi vida
En Navidad
El obispo
La dama del perrito
Decepción
El pabellón nº 6
Los Campesinos
La muerte de un funcionario
Las grosellas
Se fue
Aniuta
Vanka
La tristeza
¡Chist!
El álbum
Los mártires
La máscara
El gordo y el flaco
"EL BESO"

Datos biográficos tomados de
href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ant%C3%B3n_Ch%C3%A9jov">









16 comentarios:

CANTO EN FLOR dijo...

Regreso al ratito...

Muá!

SUsana dijo...

Safiro:
¿Sabés?, me encanta este escritor. Este cuento no lo recordaba. Es un placer leerlo, es muy buena su traducción. Muchos textos pierden parte de su encanto por la misma.
Gracias por regalarme su lectura.
SUsana

El Hippie Viejo dijo...

Hola Irma, como anda?

Dígame:
porque yo no puedo escribir así, eh?
y mire que lo intento,
pero no.

Me encantó el cuento!

Como ya le he dicho con anterioridad no soy un gran lector
por lo tanto de Chéjov, nada. No sabía que murió tan joven y que su vida estuvo complicada casi siempre por la enfermedad, una pena realmente.

La llevo lejos...
(me vino a la memoria esto)


no sé si usted recuerda un personaje que hacía esa gran actriz, que no recuerdo su nombre ahora y no quiero ir a "los libros"
-era la madre de Pepito Cibrián o sea la esposa de José Cibrián-
en en el programa ómnibus llamado
"Badía y companía"
con el querible Juan Alberto.

Allí ella
-el personaje-
siempre hablaba de Chéjov en un ida y vuelta que hacía con el conductor,
lo recuerda?

Bueno me voy yendo despacio
quizás en el camino encuentre el puente donde la doncella espera.

Le deseo un buen fin de semana!

besos

Adal

SAFIRO dijo...

CANTO EN FLOR

Te espero...

Un besote!

SAFIRO dijo...

SUsana

hermosos cuentos!...tengo algunos libros de hojas amarillas y de letras pequeñas, de grandes escritores!

Me gusta volver a esos libros, es curioso, pero recuerdo en que momento los leí, en que etapa de mi vida, como si guardaran parte de mi memoria.

Gracias, Susana, por compartir este momento

BESOS!

SAFIRO dijo...

HIPPIE!!!

Vamos por el principio, te quiero agradecer que me ayudaras a resolver el problema que tuve con el blog, no lo hubiese arreglado sin tu paciente ayuda. ¡Gracias mil!

Usted escribe bien, a mi me gusta lo suyo y no puede ser Chéjov, es Adal y transita otros caminos y tiempos.
¡Se me cayó el chocolate!...ya lo tengo, ¿dónde quedamos?

Fíjese que siendo médico se contagia de sus pacientes y padece largamente esa enfermedad y aún siguió escribiendo, El jardín de los cerezos es del mismo año de su muerte.

Recuerdo el personaje y a la Señora actriz, encantadora. Su hijo, Pepito Cibrián, es Cibrián-Campoy ¿recuerda?, ella era Ana María Campoy ¡Una estrella!...
Tenemos los mismos recuerdos...¿Será la edad?

Vaya tranquilo, amigo, siga el caminito del puente, tal vez algo encuentre y aunque no sea la misma doncella...puede que quedaran los nietos de los ladrones haciendo el trabajito fino y ¿quién le dice, mire si está Luly Salazar?
¿Se acuerda de ella?

Que pase un buen fin de semana!...y Mil gracias!

Besos

PIZARR dijo...

Irma, que belleza de cuento de Chejov, que no conocía. Como siempre tú tan dedicada y tan detallista en tus entradas.

Gracias por ello.

Como ves ya estoy de vuelta y con muchísima nostalgia de esas semanas pasadas en el Mediterraneo. No acabo de adaptarme a la casa, el trabajo, etc...

Un besazo

CANTO EN FLOR dijo...

Aquí nomás...

Buscando debajo del puente,
ahora que llueve,
ahora que mi alma se encuentra
bajo el embrujo sutil
de la nostalgia.

Llena del aroma mágico
de la melancolía disfrazada de tristeza,
y que asoma en chispas de colores en mis ojos.

Las notas graves del contrabajo,
semejan los latidos del corazón,
corazón que quedó atrapado,
entre las cenizas de un amor.


P.D Ya leí el cuento es preciosamentemelancólicoytriste, o eso me pareció?

Aunque le robaron su ropa y todo lo demás las imágenes que proyecta son desesperantes, escurridizas, o será que sólo yo lo miré así?

Tendré que regresar...

Al ratito...

Un beso, cariño de mi corazón!

CANTO EN FLOR dijo...

Oye amiga podés regalarme la canción de Montaner, así no vendré muy seguido, sí?

Muá!

CANTO EN FLOR dijo...

Te decía que vine a mirar si Smichkov había encontrado su ropa o mejor aún se había encontrado con su amada...

Hay que estar pendientes, porque eso de desnudarse y que te roben la ropa debe ser desesperante.

Y que se te escape el amor de tu vida, pero tantito, no?

Muá!

P.D.Me gustaría escuchar una selección de bellos tangos...
Y sí podés preguntarme...
y tu nieve de qué?

SUsana dijo...

Safiro:
Entre mis lecturas favoritas está el teatro.
Don Anton tiene unas obras deliciosas, algunas leídas en mis tiempos de bibliotecaria al igual que algunos cuentos y relatos, otras más recientes y muchas vistas en el teatro oficial.
Sin que se moleste don Chejov, mi autor predilecto es L.Pirandello.Pero muy cerquita está él.
Gracias por traernos y compartir tan bellas historias.
Besos, SUsana

SAFIRO dijo...

PIZARR
¡Bienvenida al mundo real y laboral! jaja...

No resulta fácil adaptarse nuevamente al reloj y a las obligaciones, menos después de haber gozado de esa libertad y de los bellos paisajes del Mediterráneo.

La frase de Baltasar Gracián "Lo bueno, si breve, dos veces bueno". pienso que no es aplicable en ciertos casos...¿Verdad, Pizarr?.

Un abrazo fuerte!

SAFIRO dijo...

CANTO EN FLOR
precioso lo tuyo!
El cuento de Chejov que te pareció
preciosamentemelancólicoytriste, a mi en momentos me causaba gracia por imaginar la situación.
Creo que como toda lectura, depende la interpretación, del momento y circunstancia del lector.

Ale, ahora me da pena, ¡pobre Smichkov!...habrá padecido el frío de algún invierno...no lo había pensado jaja!

Montaner ya debe haber llegado a tu casa, tratalo con mimo.

La doncella fue encontrada por su novio y ¡desnuda! dentro del estuche del contrabajo, y en presencia de otra gente...¡eso es un drama!

Alejandra, ¿dónde querés escuchar una selección de tangos?
Viniste misteriosa,
¿y tu nieve de qué?...te lo pregunto.

Dsculpame, pero estuve poco por estos "barrios", ya te visito.

Un abrazo grandote!

SAFIRO dijo...

SUsana
Espero que ya estés más animada, digo por el problema que causó a tu blog el que se borraran imágenes.
Sigo sin encontrar el lugar exacto de la raya, cuando lo sepa te lo comento.

Susana, no creo que se moleste Don Chejov, no ahora.
De Luigi Pirandello, recuerdo "Seis personajes en busca de autor", no leí muchas obras de teatro, me inclinaba más por los cuentos y los autores rusos eran mis preferidos.

Un besote, Susana, andá preparando el mate que ya voy llegando.

CANTO EN FLOR dijo...

mmmm no creo que sea para tanto...

Ya no tendría ese pendiente, no crees?

Y respecto a mi nieve, pues ya sabes cuál es mi sabor preferido, que no?

Muá!

SAFIRO dijo...

Alejandra

ahora entiendo!, pasa que nosotros a tu nieve la llamamos helado...

a ver si recuerdo, eran Guanábana y mamey,
tu sabor preferido es de mamey- Creo que tan sólo una vez comí mamey, y no conozco "Guanábana"...¡Quiero!

Beso